El bizcocho de yogur de doña Juliana

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Por Luis Molina Aguirre

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Doña Juliana me abre la puerta de su hogar, como en otras tantas ocasiones, solo que en esta ocasión la acompaña una enfermera. Rosa, la chica que le envía la Comunidad de Madrid, continúa viniendo a arreglarle la casa, pero ahora, cada ciertos días, también acude Susana, una enfermera que viene a controlarle la tensión, ya que aquí atrás tuvo una subida y le provocó una seria arritmia cardiaca que la llevó de vuelta al hospital durante más de una semana.

La dueña de la casa me sonríe mientras me guiña uno de sus ojos acuosos y grises, antaño azules. Trata de disimularlo, pero yo la veo notablemente cansada, como si esa increíble energía vital, que siempre la caracterizaba, la hubiese abandonado.

            —Pasa joven, que te tengo preparada la receta prometida.

Me dice amablemente mientras se hace a un lado de la puerta para franquearme el paso. La vivienda huele a fritura y a una mezcla de aromas dulces.

            —Te tengo preparados unos pestiños que hice el otro día y un anisete. Yo si no te importa, no te voy a acompañar hoy, pues Susana no me deja tomar estas cosas. Ya ves, las cosas de la edad.

Antes de entrar en la cocina para ver cómo preparaba su famoso bizcocho de yogur, pasamos un largo rato hablando de nuestras cosas, bajo la atenta mirada de la enfermera Susana que parecía preocupada por que no se alterase mi anfitriona. Los pestiños de doña Juliana, de los que ya os hemos hablado y dado la receta con anterioridad, son sin duda, únicos. Doña Juliana, pasa un largo tiempo tratando de explicarme que los médicos son muy exagerados, que lleva toda su vida comiendo lo que ha querido y que nunca le ha ocurrido nada. Por mi parte, trato de convencerla de que cuando uno llega a una edad debe de cuidarse más que antes, sin embargo, ella no parece estar muy receptiva a mis consejos. Finalmente, cuando parece ya cansada de escuchar mis consejos y los de Susana sobre la salud, ella se levanta sonriente, me agarra de la mano y me lleva a su siempre impoluta cocina.

            —Mira, tengo todos los ingredientes ya preparados sobre la encimera —me dice sin dejar de sonreír al tiempo que se pasa el sempiterno pañuelo de tela por sus ojos húmedos —. Siéntate y apunta, anda.

Cómo no puede ser de otro modo, yo obedezco mientras ella comienza a moverse por su cocina con una soltura que fuera de aquellas paredes resulta hoy en día inimaginable para una mujer de su edad y con sus achaques.

            —Mira, aquí tenemos 4 huevos; un puñado de nueces; 1 yogurt de limón, pero si te gusta natural, también vale; Aceite de girasol, se puede hacer con aceite de oliva, pero ya sabes que me gusta más el de girasol para los postres, es menos fuerte; azúcar; harina; y un sobre de levadura.

            —Como siempre me preguntas por las medidas y yo te contesto que las echo a ojo de buen cubero, hoy tengo una sorpresa para ti que te va a encantar. Vamos a usar las medidas del vaso del mismo yogur, así pues, para el aceite usaremos este vaso lleno, para el azúcar dos vasos y para la harina tres vasos del yogur.

            Observo con atención como se mueve por toda su cocina, sacando el bol donde va a mezclar los ingredientes, encendiendo el horno de gas antiguo que aún tiene, untando un molde con un poco de mantequilla con sus propias manos…

            —Cogemos todos los ingredientes —continúa diciendo doña Juliana sin parar de hacer cosas en la cocina —, los echamos al bol y mezclamos con fuerza, yo lo hago con la minipimer que ya no tengo fuerzas, además, la mezcla siempre queda más fina así. Ponemos la mezcla en nuestro molde untado de mantequilla y añadimos por encima las nueces y, finalmente, lo metemos al horno a 160º más o menos durante 20 minutos, luego habrá que ir pinchando con una aguja hasta que quede a nuestro gusto, más jugoso o menos, eso ya cada cual. Por último, hay que dejarlo enfriar antes de servir y si lo quieres dejar bonito, bonito, le añades azúcar glass por encima.

Permanecimos charlando de muchas cosas, mientras el bizcocho se hacía en el horno, sobre todo, recordando ella su pasado de cocinera en el restaurante de la plaza de Tirso de Molina de Madrid.

Me marché con una invitación a volver para enseñarme una nueva receta de esta fenomenal cocinera, pero también algo apesadumbrado, pues, si algo me había quedado claro, era que la salud, a doña Juliana, ya no la acompañaba en absoluto.

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