Las Navidades no siempre son lo que parecen

Pues sí, nos hallamos plenamente inmersos en la Navidad. Lo cierto es que a mí me encantan estas fiestas: las lucecitas, las vacaciones, la gente alegre, las reuniones familiares, los regalos…

Pero, seamos sinceros, no todo es maravilloso, verbigracia: cuando aún falta un mes más o menos para el sorteo de la lotería de Navidad, siempre tiene que llegarte algún compañero de trabajo con un buen taco de papeletas ofreciéndote un número, un número de esos que sabes que no tocan nunca. El individuo/a se te acerca con carita lastimosa y el taco bien a la vista y te dice que si es para el viaje de su hijo o para los pobres de Pernambuco de abajo o para no sé qué enfermedad de la que nunca has oído hablar. Uno se resiste alegando que ya lleva demasiada. Y eso es lo peor, porque es cuando aparece alguien que lo compra delante de ti y dice aquello de: “¿Y si toca?”. Frase maligna. Vamos, que te dicen eso y ya te han liado. Llega el día clave y tú con tus tropecientas papeletas oyendo la radio o viendo en la tele a los majetes niños de San Ildefonso a ver si te toca la pedrea al menos. Que como es obvio no te toca ni el reintegro.

Pero, aparte de eso, las Navidades están muy bien… salvo lo de los polvorones que sacan los supermercados dos meses antes. Te llega tu mujer un día con cara sonriente, allá por el mes de noviembre, y te dice: “He comprado en el súper unos dulces de Navidad que tenían muy buena pinta”. Y ahí es donde comienza la cuesta arriba… la de la aguja del peso, ese condenado instrumento que tienes en el cuarto de baño y al que no quieres ni mirar desde hace años y menos en estas entrañables fiestas.

Luego está ese gran momento en el que te comienzan a llegar, de forma sincronizada, los dichosos wasap diciéndote: “¡¡¡Comida de Navidad de amigos!!!” Al principio sonríes y te dices: “Qué bien, me apetece”. El problema es cuando llega el sexto wasap de grupo. Ahí sí, ahí es cuando a pesar del frío madrileño propio de las fechas, comienzas a sudar hasta por las orejas.

También tienen otra cosa buena estas fechas, ya lo creo… la tan esperada paga de Navidad. Claro que, después de la pasta gastada en lotería, las cincuenta comidas con amigos, compañeros y familiares, más el riñón de los regalos de Reyes, al hacer cuentas comprendes que en realidad para que estas sean positivas tendrían que haberte pagado dos pagas en vez de una. Pero bueno, qué le vas a hacer, son las Navidades. Esa época del año cuando todo el mundo es feliz, en especial los loteros, dueños de restaurantes y grandes superficies comerciales.

Y al fin llegan las fechas importantes, las verdaderas comidas navideñas con tus seres queridos: suegros, cuñados y cuñadas… bueno, esta parte mejor la dejo para otro día, junto con las comidas de empresa de Navidad, y me voy directamente al día de reyes.

Ese día sí, ese es la bomba. Tu hijo sonríe feliz con los regalos mientras tú piensas en los números rojos de tu cuenta que han alcanzado un nuevo récord. Luego te reúnes con la familia a merendar. Roscón de reyes, claro, faltaría más. Un cacho de roscón relleno de nata que ha llevado tu suegra y que no deja ni a Dios que se vaya sin un buen trozo con su correspondiente chocolatito caliente, y tú te lo comes mientras sientes que el pantalón va a estallar de un momento a otro o, quizá, seas tú el que realmente va a explotar como te endilgues cualquier cosa más.

Pero, en fin, después del día 6 de enero vuelves a tu vida normal y esas Navidades que no son siempre lo que parecen, comienzas a echarlas de menos y miras al futuro deseando que lleguen las siguientes. ¡Feliz Navidad! Y que ustedes lo lean bien.

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